7 de diciembre de 2012
Hoja en blanco
Estás sentado en tu mesa, todo ordenado, todo recogido salvo una hoja en blanco y un lápiz. La casa en calma, la calle en calma como todos los domingos y el cielo gris. Una combinación con la que normalmente te encontrarías cómodo, pero hoy no. Hoy no es un día como otro cualquiera y lo sabes. Sabes que hoy cambiará tu vida, que será un día que siempre recordarás, pero no sabes qué hacer salvo quedarte ahí, sentado delante de esa hoja, de esa maldita hoja a la que cada vez odias más sin razón aparente. Y el tiempo pasa.
Más que pasar, se arrastra. Porque esas dos horas que estuviste ahí, se te hicieron eternas, por tu cabeza pasaron infinidad de ideas, recuerdos, pensamientos… y alguna que otra broma. De vez en cuando cogías tu lápiz, observabas su punta para luego mirar la hoja en blanco mientras seguías tocando esa punta, pinchándote cada cierto tiempo para comprobar que seguía afilada o para comprobar que no era una pesadilla o un sueño muy incómodo. Así pasaron esas dos horas hasta que al fin hiciste algo, ya iba siendo hora.
Empezaste escribiendo una simple letra a la que le siguió otra, otra y otra más hasta completar su nombre. Al fin empezabas a saber qué hacer, aunque sólo era una cosa. Poco a poco, acelerando muy suavemente, fuiste escribiendo su nombre una y otra vez hasta completar la carilla mientras ibas recordando todo lo que pasó, al principio los momentos malos, aquellas peleas, aquellos momentos incómodos, esa falta de confianza hasta que, poco a poco, coincidiendo con esa aceleración en la escritura de las letras, te fuiste acordando de la otra cara, de esos momentos de risas, de felicidad mutua, de confianza y de, por qué no, inocencia que habías vivido.
Así llegaste a completar la primera carilla, con una sonrisa que, viendo el día cómo estaba, no te la esperabas. Pero ahora te encontrabas en una situación parecida a la de antes, salvo que una carilla no estaba en blanco. La cogías y empezabas a mirarla desde todos los ángulos que se te ocurrían, girándola sin parar. Así te quedaste otro buen rato, ya las nubes se habían ido esparciendo por el cielo y aunque quedaban algunas sueltas, los rayos del sol entraban e iluminaban con esa luz del atardecer tu habitación.
Entonces fue cuando lo viste, todo quedó claro entonces. Aún quedaba otra carilla en blanco, en espera. Y así seguiría. Con el último rayo de sol iluminando alguna lejana montaña, te fuiste.